1. cafeblissett:

    "There are three battles that shape our lives: nature versus nurture, free will versus destiny, and… City versus United."

    Escena de inicio de la miniserie británica "From there to here".

  2. Desde 1974 yo ya tengo una opinión formada sobre la monarquía… una opinión Python, por supuesto.

    Monty Python and the Holy Grail (Los caballeros de la mesa cuadrada)

    [Terry Gilliam y Terry Jones, 1974]

  3. La escena de arranque de EL CRACK III

    Lo quise hacer con Alfredo Landa antes de que enfermara tanto, y él estaba de acuerdo. Teníamos la escena de arranque, ya sabes que El crack siempre empieza con una escena en punta. Era un Landa retirado ya con 70 años que vive en un pueblo perdido junto al mar y está en un bar jugando al mus al anochecer, la tele encendida. Un coche que se detiene y baja una pareja, vienen discutiendo. Piden una cerveza y siguen discutiendo; él es uno de esos tíos bordes y pesados, y ella va al baño y él empieza a llamarla en la puerta, sal ya de una puta vez, y se mete en el baño y entendemos que le está pegando. Entonces el personaje este viejo, un poco a lo Jean Gabin, se levanta, entra en el baño y ve que la mujer está sangrando por el labio, él le está pegando. Entonces Landa se dirige al tipo como para atizarle, pero ella le agarra, le impide hacer nada contra su novio y permite que su novio si quiere zurre a Landa. Salen a la barra. El tío paga y mientras está pagando, el viejo detective se queda mirando a la chica como diciendo “encima de que doy la cara por ti”, y hace como un gesto de pegarle, baja la mano, pero finalmente le da una bofetada que la tira contra el suelo. El novio se queda mirando y Landa le advierte “ni se te ocurra moverte”. Todo el mundo se queda electrizado. El novio la ayuda a levantarse, salen y se meten en su coche. Landa vuelve a su mesa y sigue su partida como si tal cosa. No es una situación muy políticamente correcta que fuera a gustar mucho a las mujeres de ahora, lo sé, pero es una buena situación para el cine.

    Fuente Jot Down:

    http://www.jotdown.es/2013/06/jose-luis-garci-no-volvere-a-hacer-cine-y-lo-digo-con-nostalgia-jubilosa/

  4. Bill Murray Forever.

    Bill Murray Forever.

  5. Mammon, la serie.

    Mammon, la serie.

  6. Carteles de cine: Beatles, the film.

    Carteles de cine: Beatles, the film.

  7. Cartelería genial: Fargo, la serie.

    Cartelería genial: Fargo, la serie.

  8. Tienes que ver Gravity

    Siete Oscar no son nada. La película Gravity no se debería medir por premios, sino por presencia; en unos pocos años nadie recordará “12 años de esclavitud” (que es sin duda una gran historia muy bien contada) pero Gravity sí que será recordada, porque no se trata de una película más; sino de una experiencia.

    Tengo amigos que considero inteligentes como Manuel Botello o Juan Santana que dicen que no les gustó, y los respeto a regañadientes porque para gustos los colores. Otros como Pablo Matilla o Carlos Raya no la han visto todavía pese a mi insistencia, cosa que no llego a entender porque los dos son profesionales del audiovisual y debería ser una obligación, pero aun así los respeto; o al menos eso finjo. Pero luego hay otros que la critican. Son los menos, pero me gustaría dejar bien clara una cosa: No me importa que digan que no les ha gustado, pero no que Gravity es mala. El matiz aquí es importante porque ninguno de ellos tiene ni idea de cine, pero opinan como si supieran. Seguro que ante un cuadro, una escultura o incluso una novela ninguno de ellos se arriesgaría a dar su opinión de una forma tan tajante, pero como de cine (como de fútbol o de política) todos creemos saber porque lo vemos fácil de hacer no se cortan en criticar. Este tipo de gente tiene un problema, y el problema no es que no sepan de algo, el problema es que se pavonean orgullosos de su ignorancia; no le den más vueltas, Gravity es una obra de arte, y no todo el mundo sabe apreciar el arte.

    Por eso este artículo va dedicado a todos los amigos, míos y vuestros, con nombres y apellidos, que no han visto Gravity todavía: copien, peguen, maticen, complementen, y envíen la siguiente lista de razones para que aprovechen el reestreno en salas de cine y vayan a verla; a lo peor dirán que no les ha gustado, pero a lo mejor les han dado la posibilidad de disfrutar como nunca antes en una sala de cine.

    Tienes que ir a ver “Gravity” porque:

    Porque por el precio de una entrada de cine merece la pena correr el riesgo de poder vivir una experiencia realmente única. Porque si por casualidad, por predisposición, sensibilidad o suerte consigues conectar con la película y empatizar con su protagonista te aseguro que vivirás una de las experiencias cinematográficas más alucinantes de tu vida.

    Porque si no consigues vivir “la experiencia” el precio de la entrada merece la pena aunque sólo sea por las impresionantes vistas de la tierra desde el espacio y por la fotografía de Lubezki que hace visualmente bello todo el metraje con encuadres imposibles y colores realistas.

    Tienes que ir a verla al cine porque es una película absolutamente antipiratería: no merece la pena ni bajársela ni verla en casa, es una película diseñada y que funciona sólo y exclusivamente con la enorme pantalla de una sala de cine, en 3D y rodeado de desconocidos.

    Tienes que verla en 3D porque la experiencia lo requiere y su uso es perfecto y totalmente justificado, además al durar sólo noventa minutos el 3D no marea.

    Porque si bien la trama es minimalista y sencilla, encierra un trasfondo más que humano de superación y técnicamente es una obra maestra, una genialidad que pasará a la historia del cine. Además es entretenida y emocionante: un artefacto perfectamente diseñado y estructurado para el disfrute visual y emocional del espectador.

    Por la genialidad técnica y artística de muchos de los planos, empezando por el impresionante plano secuencia de inicio que te hace meterte de lleno haciéndote olvidar que se trata de una película. Por el genial uso del sonido en un ambiente en el que ¡no existe el sonido! Por la emocionante banda sonora que funciona a la vez como música extradiegética y efectos de sonido diegéticos.

    Porque marca un antes y un después dentro de las películas del espacio realistas, haciendo lo mismo que hizo “Salvar al soldado Ryan” con el género bélico.

    Porque si hubieras tenido la oportunidad jamás te hubieras perdonado no ir a ver cuando se estrenaron Ciudadano Kane, Centauros del Desierto, El Padrino o La Guerra de las Galaxias… y Gravity es ya también un clásico cinematográfico.

    Por gratitud. Porque cuando alguien hace algo con el alma hay que tener la deferencia de prestarle la atención que se merece y Cuarón se ha dejado el alma en cada plano pese a las múltiples dificultades con las que se tuvo que enfrentar por preservar su obra frente a las presiones del Hollywood más conservador.

    Porque… ¿nunca os ha pasado que despertáis de una pesadilla muy potente y al principio estáis muy angustiados pero poco a poco os dais cuenta de que os ha gustado vivir esa experiencia porque en la vida real jamás podríais vivirla? Eso en su origen era el cine; y eso es Gravity.

    Estas son las razones, podría seguir y seguir, pero sí aun así no he conseguido convencerles me gustaría que por lo menos me entendieran:

    –Tienes que ver Gravity.

    Este mensaje me llegó el mismo viernes del estreno hace ya algunos meses. Me lo escribió un buen amigo desde Los Ángeles donde había asistido al preestreno. La verdad es que no sabía nada de la película y después de bichear un poco por Internet no me atrajo nada ni el tráiler ni la trama ni el reparto y así se lo dije.

    –No me has entendido. No es una recomendación, es que si no la ves te arrepentirás toda la vida– me respondió.

    Al momento me viene a la mente el recuerdo de mi abuelo confiándome con vergüenza como una mala tarde de verano no había querido ir al Villamarín, para ver a la selección de Brasil… en el Mundial 82.

    ¡El Brasil del 82! No dejo de darle vueltas a la culpa que pudo haber sentido ese hombre el resto de su vida cuando pago mi entrada en la taquilla. Tan solo veinte personas en la sala. Se apagan las luces. Tráilers estúpidos utilizando el 3D para sobresaltar al público, algunos alzan las manos como si fueran a tocar a Bilbo. Me empiezo a arrepentir… esto no va a ser como ver al Brasil del 82… y entonces: el vértigo.

    Gravity empieza y la primera sensación que siento es vértigo; está muy alto. Sin querer, sin saber cómo, estaba ahí, en la película, viviéndola; y los noventa minutos restantes fueron la experiencia cinematográfica más alucinante de toda mi vida.

    Se encienden las luces de la sala. Miro a mi alrededor y veo cartones de palomitas rebosantes y refrescos a estrenar, personas sentadas, literal y figuradamente al borde del asiento o agarrados todavía al reposabrazos. Se les mueve todo el cuerpo al respirar. Ojos muy abiertos. Nos miramos. Nos sonreímos con la complicidad de haber pasado por algo juntos. Somos un grupo de desconocidos que acaban de compartir una de las experiencias más fascinantes, traumáticas, únicas y alucinantes de nuestra vida… ¡Sentados en una sala de cine acabamos de volver del espacio!

    Vuelvo a casa dando un largo paseo sin entender qué me ha pasado. ¿Qué demonios acaba de ocurrir en esa sala? Estoy exhausto, agotado y aun así contento y lleno de energía. Muchas buenas narraciones me han hecho estremecer, pero a otro nivel, a un nivel, supongo, más intelectual. Desde luego nada parecido a esto. He visto mucho cine, he estudiado cine y he escrito cine y por eso no hay película que vea que no analice, que no lea a todos sus niveles, y por eso no hay película que logre realmente sorprenderme. No he llorado nunca en el cine. En otras palabras, soy ese tío que le puede buscar un pero a cualquier película o serie genial. Por eso no entiendo qué me está pasando.

    En Twitter Gravity empieza a sonar. La gente sale del cine y siente la imperiosa necesidad de compartirlo con el mundo, de recomendar a conocidos y desconocidos que vivan la misma experiencia que ellos. No estoy solo y eso me tranquiliza; no me he vuelto loco ni he sufrido ninguna alucinación, es real y le pasa a más gente. Aun así estoy preocupado, todavía siento vértigo, el corazón me va a mil por hora y mis piernas tiemblan. Llamo a mi amigo (y doctor particular) Dimitri y le cuento lo que me pasa.

    –Síndrome de Stendhal– concluye.

    Y tiene razón. Estoy sufriendo los síntomas del “Síndrome de Florencia”, pero siento que hay algo más aparte del éxtasis producido por haber visto una obra de arte. Hay algo más: la he vivido, he estado en el espacio y he sufrido junto con la protagonista a un nivel de empatía absoluto… y me río… porque por fin, después de tantos años, he conseguido entender a mi abuela.
    Recordar a mi abuela es oler a leche caliente con galletas, oír el chasquido y el vapor de una plancha repasando camisas y ver una televisión diminuta entreteniéndonos a los dos. Recuerdo la sensación de calma de la merienda siempre en silencio con todos mis sentidos puestos en la película que estuvieran echando, y recuerdo también lo único que me sacaba de la película: mi abuela. Recuerdo especialmente una tarde de julio de cuando yo tenía nueve años en la que estábamos viendo “Tiburón” (me acuerdo porque no pisé ni la arena de la playa en todo ese verano; ni en unos cuantos más). Recuerdo ver salir al tiburón del agua y a mi abuela pegando un respingo y tirando la plancha y asustándome todavía más.
    Mi abuela, viviendo todas aquellas películas de mi infancia, gritando, quejándose, haciendo comentarios y gesticulando… eso era el cine para mí. Yo siempre me reía de ella porque creía que lo hacía a posta, para entretenerme, para hacerme reír o chincharme, pero no, ahora entiendo que ella lo estaba viviendo, y que no importaba que estuviera haciendo cualquier otra cosa o que cortaran para anuncios, ella podía estar realmente en ese barco amenazada por un tiburón, ir al baño durante los anuncios y volver a sentirse en peligro por el tiburón mientras seguía planchando.

    No sé cómo lo conseguía, no sé si sería la edad, la sensibilidad o su inocencia, pero era algo fascinante que había olvidado hasta que viendo Gravity me sorprendí a mí mismo encogiendo las piernas un segundo. Y en ese momento estuve, sin saberlo, mucho más cerca de mi abuela que nunca, porque por primera vez en mi vida yo también pude vivir una película como ella.

    Puede que por eso me sienta incapaz de analizar Gravity, porque para mí no es una película, es una experiencia. Y lo curioso es que no soy el único, fíjense en la vehemencia con la que defienden Gravity los afortunados que también la han vivido; se lo toman como algo realmente personal cuando alguien les dice que es mala (que son pocos y especialitos). ¿Y saben? En realidad no podemos criticarlos, tenemos que, sinceramente, sentirlo por ellos, por no haber tenido la inmensa suerte de experimentar la magia primigenia del cine y poder vivir una película, o en mi caso, poder ver una película de nuevo con los ojos de un niño merendando con su abuela.

  9. El salto del tigre

    Lo del salto del tigre es mentira; lo escribo así de entrada para que se sepa sin necesidad de leer el artículo entero. Comento esto como bien de servicio público, como advertencia a los que todavía estén explorando las nuevas posibilidades que la vida les da, a todos aquellos crédulos que no aciertan a comprender que durante tantos y tantos años nos han mentido.
    Cosas como «el saber no ocupa lugar», mentira… ¿han hecho alguna mudanza con cajas y cajas llenas de libros? Cosas como «el orden de los factores no altera el producto», mentira… ¿han intentado cruzar la calle mirando a los lados solo al final?
    La verdad es que ahora es diferente, los niños de ahora son unos resabidos del demonio que ante la duda lo tienen tan fácil como tirar de su Smartphone. Los niños de ahora, como quien dice, nacieron sabiendo y lo que es más humillante, sabiendo follar.
    Por eso este artículo va dirigido a los que nacimos en la duda intrínseca. A los que crecimos entorno a lo que ahora se conocen como “leyendas urbanas” y que nosotros tan solo llamábamos cosas que pasan y punto. A nosotros, a esos cuya destreza con los pulgares se limita a levantarlos para significar que estamos de acuerdo o para hacer autostop; sabrás si este artículo no es para ti si has tenido que buscar en google “autostop” y para aclararte te has dicho «Ah, como el BlaBlaCar.com». Bien, si es así, deja de leer, este artículo, y en general.
    Y ahora que estamos solos en petit comité, sin niños tecnológicos que nos intimiden y nos hagan sentir como imbéciles, ya sin miedo a hacer el ridículo, podemos hablar con franqueza: ¡¿Pero cómo fuimos tan imbéciles de creernos aquello de encaramarnos en las alturas y tirarnos para meterla a la primera?! ¿En qué coño estábamos pensando? (Nunca mejor dicho.)
    Personalmente desde que lo vi de niño en las películas de Pajares, Ozores y compañía me pareció raro pero cómo iba yo a dudar de unos tipos que me habían mostrado por primera vez una teta, y una teta sueca, eso hubiera sido como no confiar en un amigo del alma. Después estaba la referencia constante en los chistes verdes; cómo iba yo a dudar de la veracidad de los chistes de mi tío, que me había enseñado a decir todas las palabrotas que no salen ni en el diccionario; imposible, eso del salto del tigre tenía que ser verdad… si, de momento nuestra única documentación se basaba en unas cuantas películas (españolas)  y en unos chistes, se podría decir que no eran las mejores fuentes.
    Pese a todo yo seguía teniendo mis dudas, fingía que no, pero las tenía, me faltaba racionalizar el acto físico de lanzarse… no entendía la utilidad pero todas las dudas se disiparon prestando atención a una de las muchas batallitas de la guerra que mi abuelo contaba (lo que vendría a ser nuestra Wikipedia de entonces). No recuerdo exactamente sus palabras pero venía a decir que en la guerra atacar desde una posición elevada era prácticamente asegurarse el éxito. Eso junto a “el amor es como la guerra, todo vale” que siempre decía mi tía, me dieron la certeza: el salto del tigre existía, y si quería ser un verdadero hombre, que es el único y verdadero objetivo de todo niño, debía hacerlo, y hacerlo bien… en otras palabras, tenía que entrenar desde ya.
    Cogía una almohada y le dibujaba un punto de mira, me subía a una silla y zasca. Pero nada, no acertaba. Después de muchos intentos fallidos y romper algunas tablas del somier até cabos y vi mi error: estaba clarísimo, esto había que hacerlo en una cama de matrimonio.
    Allí encaramado al altillo del armario estaba convencido de mi acierto, donde iba a parar, aquello sí que tenía perspectiva, altura, enjundia… no como mi cama de ochenta haciendo equilibrio desde una silla con ruedas… así no había forma de meterla en condiciones. No, esto sí era realmente el salto del tigre. Tan emocionado estaba que salté sin calcular, no la distancia, ni la altura, ni tan siquiera la velocidad o la fuerza, lo que no calculé fue algo que no tenía mi cama: las barras de madera del pie de la cama… entiendo para qué sirve el cabecero de la cama, ¿pero su opuesto al final de la cama? Piénsenlo un momento, no solo no sirve para nada práctico sino que sólo puede dañarte… es el mal hecho en barra.
    Fue allí tirado en el suelo, dolorido, cuando pensé lo tonto que era… era obvio, el pie de la cama eran como unos barrotes… Una protección ¡Como una jaula! Era un anti–salto del tigre. Habría que buscar una cama de una madre menos casta para practicar.
    Y hablando de madres, en esas estaba cuando mi madre abrió la puerta… y el resto, se pueden imaginar, es historia… bien sabida en mi barrio.
    Hoy sigo pensando que no fue del todo una mala idea la de entrenar, porque básicamente, es lo que nos hace especiales, la práctica, la prueba y error, no leerlo todo en Internet. Sí, somos crédulos de nacimiento pero estoy seguro de que gracias a otros que también se creyeron lo del salto del tigre y lo practicaron  y se vieron capacitados para realizarlo con mujeres de verdad el sexo ha descubierto otras cosas… no sé, me imagino a un tipo con gafas de culo de vaso saltando desde lo alto del armario y descubriendo el sado–extremo–anal. A un incontinente saltando y de repente, la lluvia dorada. Me imagino a un tipo saltando, creyéndose superman con el brazo en alto, dándose de boca contra los pies de la cama… pero descubriendo al mundo entero el “fist fucking”… y a saber cuántas rarezas sexuales más nos deben los niños del Smartphone, así que cada vez que realices una guarrada, piensa en nosotros, en los que, poniéndose en ridículo o dejándose la piel (y otras partes del cuerpo), se sacrificaron por tu placer.

Sobre mí

Daniel Gamero, vivo de contar historias desde que nací; es un negocio seguro, porque... ¿a quién no le gusta que le cuenten una buena historia?